veintiuna horas y veintiún minutos del octavo día precedente al san valentín (un torrón de la hostia)
Y que caiga un rayo si las horas espejo dan suerte (está todo despejado)
No me voy a matar a encabezados porque estoy en proceso de procesar demasiados álbumes simultáneamente, y no ayuda el hecho de estar con un catarro del copón.

Reconstruir minuciosamente cada pedazo
de tus frases, de tus cartas, de tus mensajes,
no es algo que haga voluntariamente
por mucho que conste en el acta de mi día a día.
Sé que no voy a volver a vivirlas,
sé que no las volveré a sentir igual,
siento inútilmente que ya lo he interiorizado
una y otra vez, un millón de veces.
No es necesario que les tape los ojos,
porque en el fondo solo soy yo quién se da cuenta
de cuando la idea de quemarlas me intenta asaltar
pero no hago más que quemar las esquinas.
El hecho de vivir plenamente encerrado
en una sobredosis de vida de cine con destino fatal,
podría hacer más vívido el hecho de poderme masturbar
con una cámara acariciándome del pecho al ombligo.
Si algo puedo tener claro después de todo lo visto
aparte de la falta de tu personaje cerca de mí,
es que lo mío sería el taquillazo de todo siglo.
Aunque duela, es mejor que todo lo ya visto.