en 60 días será 20 de junio y habré vuelto de granada, pero 60 segundos también son un minuto y en un minuto no habré hecho nada
sonando: 33 - jimena amarillo // cristales - eddi circa; en las mesitas de terrazafacom se come muy bien con los mosquitos

hablar y esas cosas
—Nunca he tenido miedo a hablar. Ni delante tuya, ni en un escenario, ni delante de nadie. Hablar es fácil, hablar consiste en coordinar entre 72 y 100 músculos. Y mira que lo hago sin complicarme, para que después me digan que coordino mal.
Hablar es expresar un fonema, es encadenarlos y es crear algo de donde no había nada. Hablar es uno de los actos más bonitos del ser humano. Hablar, se pueden hablar tantas cosas. Puedes hablar, y puedes callar, claro.
El problema es no saber hablar. No por no saber textualmente hablar, pero el problema es no saber hablar. No saber enhilar las palabras, no saber escoger las palabras. Cuando las palabras brotan, en cascada, hasta resulta relajante. Pero, por contra, cuando las palabras se atascan duelen.
Hay palabras que salen y palabras que no. Palabras que se transfieren a voz y palabras que enraízan en tu faringe para no salir. Palabras como una espina de pescado que pinchan y te rasgan por dentro.
Da tanto miedo no saber hablar. Da tanto miedo no llegar a las palabras. Da tanto miedo expresarse sin palabras. No puedes esconderte sin palabras, duermes desprotegida, a la intemperie de otras palabras.
A veces las palabras te llueven como puñales, en esos días en que pitan los oídos. Y escapar de las palabras es difícil, porque los tapones de oídos son caros. Hay tapones de oídos de goma y otros en comprimidos. Ninguno de los dos es capaz de combatir las palabras con palabras.
Son guerras,
guerras de palabras.
Es vivir en pleno frente,
es minarte a ti mismo,
es una cárcel interna,
es tu libro ya escrito.
Y cómo escapar de una palabra,
que cruza aire, mente, cuerpo,
si la palabra lleva tu nombre
escrito entre letra y viento.

AVANT 09351. 17.04.2026.
—La niña que tengo sentada en frente ha empezado a escirbir historias de amor. Ella, Onda, había quedado con su mejor amiga Emma para hablar sobre la relación de María y Pablo. Justo después de terminar esa página empezó a dibujar un corazón con una flecha.
Ella está sentada con su bolígrafo verde pastel de cuatro colores, escribiendo en morado, y sus peluches al lado. Yo estoy en frente, con mi teclado y mis canciones. Tiene un collar en forma de corazó con una foto suya con alguien, yo tengo un fondo de pantalla que me recuerda a quien tengo. En el fondo no somos tan diferentes, pero ella no sabe que estoy escirbiendo sobre ella.
Hemos cruzado miradas y me ha dado rabia el no haberle sonreído cómplicemente. Sigue sin saberlo, pero al fin y al cabo no somos tan diferentes. Escribiendo sobre amores que (algunos han, y otros) no han ocurrido, dibujando papeles para llegar a verlos más tarde.
Ahora me ha mirado mejor y he sonreído, se ha quedado pensando un rato. Y ha vuelto a escribir, cómo no. Ojalá haber tenido ese papel y ese boli con su edad. Ojalá haber empezado a imaginar antes. Ojalá haber empezado a escirbir antes.
Su padre está sentado al lado haciendo sudokus. Está concentrado, pero cuando ella se gira y me mira, le echa un ojo de vez en cuando. Le ha pedido a su padre el cuaderno de sudokus y se ha puesto a hacer uno con un lápiz infinito.
Se ha cansado de escribir y ha cerrado la libreta. La libreta es negra, como los bordes de las hojas, para contrastar con todo el color que lleva dentro. Es una metáfora bonita, cuando menos, nos representa un poco a los dos.
No le importa que el tren tiemble o se tambalee, ella escribía y se lo pasaba bien, pero su padre le ha pedido el cuaderno y ha tenido que volver a su liibreta. Ella estaba pensando, imaginando. Lo que me gustaría volver a imaginar como ella, no está escrito. Ojalá no se canse, ojalá siga escribiendo. Quizás el día de mañana podré encontrarme con ella y leer algo de lo que ha escrito sin mirar por encima de mi pantalla.
