Las trece razones por las que, tras sobrevivir a mí mismo, doy gracias. Y si, con mayúscula.

Esto ya es muy largo y no os quiero enrollar demasiado más.

Share
Las trece razones por las que, tras sobrevivir a mí mismo, doy gracias. Y si, con mayúscula.

El 31 de diciembre de 2024 empecé una entrada que se titulaba “doce párrafos para doce meses más que intensos en los que he crecido” la cual se quedó a 5/12 de completarse, porque no fui capaz de acabarla. No es que no me sintiese capaz, ni que me costase demasiado; simplemente no quise darle ese enfoque al final del año.

Hoy, tras cinco jornadas de permiso personal para replantearme muchas cosas, me he decidido a retomar este pequeño proyecto y darle una utilidad (efímera, pero realista): el dar las gracias que no he sido capaz de, me he olvidado de, o simplemente no he querido reconocer que necesitaba dar.

Así el origen del título, esquivando la doceava entrada, siendo “Las trece razones por las que, tras sobrevivir a mí mismo, doy gracias”. No tendrá nombres, pero mi peluche de IKEA de ayer sabe a quienes va dirigida.


Primero: Gracias a mí mismo por haber aprendido a, poco a poco, reconocer mis propios errores, e intentar enmendarlos o aprender de ellos en la medida de lo posible.

Segundo: Gracias a mí mismo por haberme dejado sentir lo que llevaba tanto tiempo guardando, porque aún en forma de tornado, me ha enseñado a conocerme a mí mismo.

Tercero: Gracias a mi mayor referente por haber estado siempre. Nunca te he dado las gracias como te lo has merecido, y me da rabia que aunque ese sea probablemente tu papel en mi vida, el de enseñarme, a veces puedas sufrirlo en consecuencia. No sabes el aprecio que te guardo desde el primer día, y ojalá poder demostrártelo como te lo mereces.

Cuarto: Gracias a mis cuatro personitas que han conseguido armonizar conmigo, porque aunque nadie más lo pueda oír, lo que estamos tocando será el temazo que romperá todos los récords veraniegos jamás definidos.

Quinto: Gracias a mi compañero de vida con el que más gritos he cruzado. Por mucho que no lo quiera reconocer, no soy el mejor ejemplo que puedes tener, y muchas veces escucharme resulta bastante contradictorio. Y lo hago para que tengas lo que te mereces, y nunca he sido capaz de traerte. Pero, que sepas que, tarde o pronto, te llegará. Te lo prometo.

Sexto: Gracias a mi (ya no tan nueva) salvavidas, que siquiera sabe que lo es. Eres la persona que me ha sacado adelante, sin ser consciente. Porque por mucho que estuviese al borde del abismo, ha sido en ti en quién he pensado en todo momento. Porque quiero ser parte de tu vida, quiero ser parte de ti. Y no me he empezado a dar cuenta siquiera de todo lo que significas para mí.

Séptimo: Gracias a mis dos peludos infieles comensales. Nunca llegaréis a entender lo que os quiero decir, entonces tampoco esperéis enorme cosa, pero que sepáis que si que me preocupo por si os gusta vuestro menú o no. Y que sois los únicos con los que comparto esta cama.

Octavo: Gracias a todos aquellos que han rellenado mis oídos con inspiración para aprender a vivirme a mí mismo. Esto no acaba de empezar, pero vais a flipar conmigo. Os lo puedo asegurar, porque voy a por vosotros. Y ni una horda de michis va a poder conmigo (guiño, guiño)

Noveno: Gracias a los que me habéis acompañado en mi viaje (físico y personal) a otras tierras. Pensar que casi no os llego a conocer por muy poco, se hace duro. Pero alguien decidió que si. Y todos mis pensamientos se inclinan ante vosotros como ofrenda, porque los habéis respondido como nadie ha sabido.

Décimo: Gracias a mis queridos e infieles compañeros que se han suscrito (forzada y voluntariamente) a esta joyica, porque me gusta el comprometerme a contaros de vez en cuando alguna que otra cosilla para que sepáis como va el temilla.

Decimoprimero: Gracias a quien nunca me sentiré agraciado. Gracias a las personas que, se hayan o no cruzado conmigo este año, aún haciéndome mal, me han enseñado a ser yo mismo defendiéndome como quien soy. No sois lo mejor que me ha ocurrido, pero si ahora soy quien soy es gracias a lo bueno y lo malo, indistintamente.

Decimosegundo: Gracias a 2024 por haber sido el año más intenso de mi vida. Porque, aunque siempre lo he mirado con recelo, es con diferencia de los que más me han marcado. Y se lo agradezco de puro corazón.

Decimotercero: Gracias a todos los que, desde siempre, os habéis cruzado conmigo y habéis aprendido algo gracias a mí. Desde el dato más innecesario que ni una enciclopedia recogería hasta la mera lección más fuerte que haya podido dar. Será siempre un honor ser parte de vosotros, aunque no seáis conscientes. Gracias por haberme dejado ser parte de vosotros.


Y, en compensación por tanto textaco, os dejo leer la decimosegunda entrada que nunca saldrá de su propio pié a la luz (por si no fuese suficiente).

Enero llegó entre uvas y brindis, entre desganas y blísters, entre Mitski y ZPOP. Sin haberme atragantado con las uvas, claro. No llegando a saber siquiera quién era yo mismo, alguien tomó la decisión de cambiar unos cuantos dígitos para, entre lágrimas que nunca llegaron a brotar, cambiar de año. Era el inicio de 2024, el año en que Taylor Swift cumpliría mi sueño de un baño de 60.000 personas gritando al unísono canciones que conocía de arriba a abajo. El año en el que podría sentir the grudge en directo junto a Olivia, en el que podría dejar atrás mi vida para convertirme en una nueva y mejoradísima versión de mí. Llegó con una lista inexistente de propósitos de año nuevo que no quise admitir que tenía, en un amago de aferrarme a lo seguro. A lo seguro, que nunca me había hecho sentir seguro.

Treinta y un días después, como un jarro de agua (o ventisca de nieve, en mi caso), inauguré (dándole un día extra como compensación por las nulas esperanzas que tenía en el puestas) febrero. 02/2024 parecía un número bastante simétrico para un mes tan desordenado. Un viaje a Barcelona de última hora, escapadas clandestinas y un universo en tonos violetas que llegaron a teñirme alrededor de una frase: "Por mucho que me disparen en la tráquea, seguiré gritando”. Es bastante metafórica, pues con el constipado que tenía no era demasiado capaz de gritar, sino más bien de lamentarme de lo poco que habían servido esos 29 días.

Así, sintiendo que antes de tiempo, arrasó Marzo, con billetes Renfe a Vigo y viajes entorpecidos por unas S-594 o pingüinos lata que hacían más ruido que el estruendo de un rayo soldando mi corazón en uno. Entre poemas que no acababan, bromas y playlist que no hacían más que incluir a la pequeña cabritilla Sir Chloe en mis cuerdos pensamientos, viajé. Con esto no es que pretenda resumir todo el mes: es difícil recordar un viaje al pasado y descubrirlo de tal manera que un ser humano corrientemente mortal pudiera entender. Porque me sentí inmortal. No había llorera que pudiese conmigo, porque alguien me había minuciosamente donado su hombro para llorar en él. Y no pude callármelo, lo disfruté hasta en los momentos más inesperablemente jodidos. Lo disfrutamos. O eso pienso.

El 10 de abril de 2024 también será inolvidablemente el momento en el que empecé a trazar un minucioso y exhaustivo plan. Así, manipulando la realidad al unísono con cierta clase de pensamientos, comunmente denominados intrusivos (que no hacían más que entrometerse en mi entorno), conseguí discernir completamente lo que vivía yo de lo que vivían los demás. Me separé de mí mismo, sin yo mismo darme cuenta, y escogí en acto desesperado que me gobernasen, antes de auditar correctamente mis decisiones con sus precedentes. Pero esto tampoco tuvo demasiada relevancia, ya que no fue esto lo que me definió dicho mes, sino el profundo horario de escuchas que definió los más de 200.000 minutos de escuchar letras que me entendían, con los que llegué a fin de año, al día de hoy.

Se me hace difícil recordar mayo, no por otra cosa que por los efectos secundarios de una sobredosis de embotellamiento universal crónico que consiguió dormirme durante 19 horas seguidas bajo el olor y llanto del pasado que me abrazaban silenciosamente. Acostado bajo la manta blanca (y peluda) de un fallido intento de descansar, me desperté el 28 de mayo de 2024 en la cama de mi madre, con miedo, pero sin saber de qué. Tan quemado, por dentro y por fuera, que no sabía siquiera de qué tener miedo, sin saber quién me había encerrado en una cápsula en la que no había hecho más que accroiser completamente la percepción distorsionada que un receptor GABA podría generar. Pero me han dicho que durante esos 31 días yo había sobrevivido, y había ido a ver a Taylor Swift a 500km de distancia, lo que puede corroborar mi carrete.