la catorceava mediodía del año, propia del día 7 de enero de 2025

Se me hace raro pensar en recoger los adornos de navidad. Ni que este año me hubiesen servido de mucho, pero una vez que están ahí me dan pena.

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la catorceava mediodía del año, propia del día 7 de enero de 2025

Últimamente el pensar en mensajes que podría enviarte e inventarme emociones tan sumamente complejas e indescriptibles que ni mi propio teclado consigue descifrar no me está sirviendo de nada. De hecho, es completamente inútil desde un punto de vista teórico, pero en la práctica parece que seguir pensando en ti hace menos obvio el pensar en que por mucho que pretenda olvidarte, no soy capaz. Y es eso lo que más pesado me resulta: el sentirme impotente hacia las cosas. No me hace falta contestar absurdamente que no hay ningún tipo de fallo existencial que trastorne mi persona, ni admitir que me cuesta levantarme cada día. Entonces, cada vez que intento olvidar cosas, creo que me siento peor que por el mismo hecho de esas cosas mismas.

Así es como hoy, a 7 de enero de 2025, a escasas horas de volver a una rutina que al final no está tan mal, decido cerrar este nostálgico período invernal en el que la temperatura más fría jamás registrada ha sido grabada en mí con la siguiente afirmación. No quiero olvidar las cosas. Al menos, no de la misma manera, porque guardar más ultralágrimas en los párpados a estas temperaturas solo puede provocar que las cañerías de mi ser revienten.

Y poner música triste hablando sobre tus manos y su cálido tacto no va a hacer que se vuelva a calentar, eso tenlo seguro. Porque cada vez que me imagino como deslizabas tus manos entre mis dos capas de ropa, por no ser grosero, te siento ahí pegado a mí. Pero en ningún momento eso va a volver a traerme ninguna especie de ternura. Solo voy a confiarme y desabrigarme en el ojo del huracán. En medio del tornado de tu respiración y el azote de tus besos en mi cuello.

Tampoco quiero olvidarlo, porque ese es el recuerdo más fuerte que poseo del sentirme seguro. Y algún día me gustaría poder enhilar todo lo que siento por ti, comprimirlo en una caja de vacío como una sábana, y enviártela. Eso si, impregnado del olor que me recuerda a ti. El olor de la ceniza, de la que nunca acabarás de resurgir. En la que has muerto, pero nadie limpiará. Las que echaré al viento de mi desestructurada memoria, cantando a la par El Frío.

Mientras sigo esperando que algún día escuches todas las canciones que te he enviado, y mínimamente comprendas lo que te intento hacer llegar.