dieciocho años se cuentan en tres meses y veintiséis días
no es una gran historia que contar, pero venimos pensando que es miércoles y la semana parece que no pasa del martes
Así pues, el lunes 27 de enero se convirtió en un día lluvioso, de esos en los que por muy rápido que tragues el humo, se te sigue apagando el cigarro. Se convirtió en una cárcel de paredes líquidas por las que fluyen las palabras que a mi van dirigidas, tan que aún mostrando tal indiferencia por ellas, se sienten inciertamente alcanzables. Parecía tan bonito el alejarse de ellas que en un propio engaño, que fui quién de arrancar de cuajo hasta el más tierno aliento, hasta el más trágico suspiro, y olvidarlas. Conocerlas desde fuera, dejar que pasasen tanto de largo como a través, sin ocuparse del precio que pudiesen costar.

“N’importe ce qu’il me coûte, j’ai cru en moi même, en dansant pour éviter le silence.
Je sais pas me taire quand il le faut. Carrément, je ne suis pas attrapé dans le futur. Je ne suis pas attrapé dans le passé non plus. J’ai toujours été enfermé dans les petits instants. Ceux gelés par les froids vents qui trépassent les murs de mon cœur. Ceux qui m’écartent même de moi. Froids. Faibles.”
Traducción:
No importa lo que cueste, he creido en mí mismo, bailando para evitar el silencio.
No sé callarme cuando es necesario. Realmente, no estoy atrapado en ningún futuro. Ni tampoco es que lo esté en ningún pasado. Siempre me he visto encerrado en los pequeños instantes. Esos instantes que se congelan con el frío que me sobrepasa, esos que me distancian hasta de mí mismo. Fríos. Débiles.
“Dans ta chambre, le grand cimetière
Que t'as construit ici, entre les larmes et les posters
Désespoir interstellaire
Comme si c'était possible d'être encore plus triste qu'hier”
(de esta no hay traducción)