descubrimiento octavo del catálogo paranormal del boletín anormal: me gusta el vino
Concluyendo la semana de aventuras desquiciadas de mi vida, llegamos a una conclusión: no te voy a escuchar por gritar aún más alto. Además, tiene sentido el mudarse a Sáhara de los Atunes.
No reconozco el momento de mi vida en el que el hecho de continuar internamente cada una de mis discusiones empezó a ser proyecto propio de mi pensamiento.
Analizar cada una de las posibles maneras en las que podrías completar tu argumentario, casi como un modelo de desarrollo textual coherente, en forma de árbol de infinitas ramas, que sólo se acaba en cuanto noto el tono ácido con trazos de olor cítricos de la copa que llevo entre mis dedos rozando mis labios.
Esos tonos cítricos me recuerdan un poco a lo amargo que a veces me resulta pensar en ti, pero el calor de las orejas de después de bajarme la copa a sorbos no me lo quita nadie.
En lo más profundo, eres como una copa de vino: vienes, te acabas, y te vas para no aparecer. A veces en 5 minutos, a veces en horas, o mismo días. Y, por mucho que te intente menospreciar, el extensivo trabajo que he realizado a la hora de analizar hasta el más profundo trazo de tu esencia, siempre se queda corto.
Con todo, siempre acabas considerablemente enrojeciendo los arcos superiores de mis orejas. Y así es como, por mucho que analice lo que siento que necesito entender sobre ti, dese el motivo que se diere, siempre vas a conseguir llevarme al límite de desconectar con todo, para volver a empezar desde un poco atrás y volver a pegarme la misma hostia, una y otra vez, hasta el punto de darme cuenta de que me la estoy dando yo solo.
De que estoy dando palos de ciego en un matorral de infinitas probabilidades entre las que navego cada vez que te diriges a mí en mi pensamiento.
De que tu palabra, aunque no acabe con la mía, si que será capaz de imponerse sobre ella y hacer así su voluntad, buena o triste:
felizmente ruín.

Por muy distorsionado que te vea, a veces prefiero hacerlo a través de una copa.
A veces hay manchas que no me dejan verte tal y como me gustaría, pero siento que ese impulso de intentar descifrar lo que escondes tras ellas es lo que en el fondo me sigue atando a la manera en la que tengo presente.
Por mucho que te esfuerces, no eres más que el sujeto de mis cartas, que dejo en buzones dispersas, con remitente y sin destinatario. Esperando a que algún día, por acción de alguna que otra copa debidamente pulida y repasada, te dejes ver por fin.