cincuenta y un crushes frustrados, que fueron crushes meramente por el hecho de haberme validado
Principal, personaje, nadie te miraba, sólo sentías su presencia a tu espalda. No te esperará nadie en esa oficina, cualquiera limpiaría tu vómito de su vida.
Me gusta, de vez en cuando, mirar atrás y ver cómo han cambiado muchas cosas. No es que haya ganado demasiado, pero desde luego he ganado más de lo que he perdido, y eso ya es mucho decir. Hace cinco años escribía sobre él, hace cuatro escribía sobre tantos y hoy escribo sobre tan pocos. Me seguirán repeliendo todos por igual, pero no llevo nunca una lista con sus nombres: les guardo rencor como grupo, para que no se peleen alrededor de quién es el más odiado.
He conseguido muchas cosas, y el punto no es adelantarnos a la carta de fin de año de 2025, sino echar un ojo a todo ese atrás, a la gente que se ha quedado, y a la que no me acuerdo de que se ha quedado. Me da tanta rabia no poder escribirles. Debería retomar el formato epistolar de destinatario anónimo en tantos sentidos. Ojalá muchos lo leyeran antes de olvidarse de mi.

-en este punto la musa se va a comer unos tequeños, disocia y cambia de tema-
Hoy me acordé de algo bonito de contar.
De pequeño pensaba que las hojas cuadriculadas de libreta eran marcos de foto. Soñaba con poder guardar tantos recuerdos en una sola hoja de papel que integraba dibujos en ese mosaico de caritas con muchas expresiones. La mayoría estaban contentas, otras llevaban corazones. Me daba rabia el hecho de que nunca había lápiz suficientemente afilado como para hacer fotos dentro de las cuadrículas.
Después de esto descubrí la galería del iPhone (allá por 2013) y no sentí mi idea robada, porque yo la había visto en algún sitio antes.
A día de hoy, sé que caben muchas cosas en un papel, y, de hecho, no me canso de plasmar anécdotas contra él. Como la del chófer de autobús que hoy, miércoles 26, me soltó una peineta por esperarlo en una parada en la que debía parar y no paró porque llevaba retraso. Y un retraso es más importante que yo. Y yo no entro en ese autobús, pero la rabia de ese hombre si, aunque sobre en mi mundo.
Pero fuera de lo que podría haber sido una columna de periódico (como las de Isaac, que no tengo yo claro que vaya a llegar a saber que lo sé, pero dentro del universo en el que escribe desde Ourense llama mi atención), seguimos en wtfroi, pizzasinpiña, mi newsletter o como cada uno lo llame.

Hay tres personas que se han bajado del barco (en realidad hay muchas más, pero las que no cuento es porque eran un poco muermas aquí dentro), y esas tres coinciden con tres personas que estaban entre mis mosaicos hace no tanto tiempo y ahora solo aparecen encerradas en un circulito junto a muchas otras. He de admitir que me he dedicado a limpiar el 45% de mi agenda de contactos (y menos mal) y ahora aunque veo menos, pero siguen apareciendo muchas.
La semana pasada vi a Zahara cantar y creo que no he hablado suficientemente del tema. Pocas veces me gusta y disfruto guardándome lo que he vivido, pero ese momento (que performo ahora recuerdo más que lo vivido, efectos de esa alhambra a 2€) me ha gustado hacerlo mío. Me ha faltado darle un abrazo a esa sudadera de los michis, pero ante tanto ajetreo cualquiera lo haría.

Pero he aprendido a valorar quién, cuándo y cómo merece la pena. Y eso implica no depender de lo que otros vean sino de mis propios ojos. Y confiar en uno mismo es bonito. Sobre todo cuando tu valoración propia depende de ti y nadie la dicta. Y tu eres la principal muestra de apego que ostentas hacia tu persona. Individualización, diría Fromm. Estamos en proceso, y seguimos en antena.